lunes, 1 de febrero de 2010

La Enfermedad_3ra. Parte

III. DEBERES ESPECIALES QUE LA ENFERMEDAD CONLLEVA

Lamentaría dejar el tema de la enfermedad sin decir algo sobre este punto. Yo sostengo que es de importancia cardinal no contentarse con generalidades al predicar el mensaje de Dios a las almas. Yo estoy ansioso por inculcar en cada persona en cuyas manos pueda caer este librito, su propia responsabilidad personal en conexión con el tema. Yo no quisiera que nadie cerrara este librito, sin haber sido capaz de responder las preguntas, "¿qué lección práctica he aprendido? En un mundo de enfermedad y muerte, ¿qué debo hacer?"

(a) Un deber supremo que la preponderancia de la enfermedad acarrea al hombre, es el de vivir habitualmente preparado para encontrarse con Dios. La enfermedad es un recordatorio de la muerte. La muerte es la puerta que todos debemos atravesar para llegar al juicio. El juicio es el tiempo cuando debemos finalmente ver a Dios cara a cara. Ciertamente la primera lección que el habitante de un mundo enfermo y agonizante debe aprender, es que debe estar preparado para su encuentro con Dios.

¿Cuándo estás preparado para encontrarte con Dios? ¡Nunca, mientras tus iniquidades no hayan sido perdonadas y tu pecado haya sido cubierto! ¡Nunca, mientras tu corazón no haya sido renovado, y tu voluntad no haya sido enseñada a deleitarse en la voluntad de Dios! Tú tienes muchos pecados. Si tú vas a la iglesia, tu propia boca es enseñada a confesar esto cada domingo. Únicamente la sangre de Jesucristo puede lavar esos pecados. La justicia de Cristo únicamente puede hacerte aceptable a los ojos de Dios. Únicamente la fe, la simple fe como la de un niño, puede hacer que tengas interés en Cristo y Sus beneficios. ¿Quisieras saber si estás preparado para tu encuentro con Dios? Entonces, ¿dónde está tu fe? Tu corazón es naturalmente impropio para la compañía de Dios. Tú no sientes un placer real de hacer Su voluntad. El Espíritu Santo debe transformarte a imagen de Cristo. Las viejas cosas deben pasar. Todas las cosas deben volverse nuevas. ¿Te gustaría saber si estás preparado para encontrarte con Dios? Entonces, ¿dónde está tu gracia? ¿Dónde están las evidencias de tu conversión y santificación?

Yo creo que esto, y nada que no sea esto, es estar preparado para el encuentro con Dios. El perdón del pecado y la preparación para la presencia de Dios: justificación por fe y santificación del corazón, la sangre de Cristo rociada sobre nosotros, y el Espíritu de Cristo habitando en nosotros, esta es la grandiosa esencia de la religión cristiana. Estas no son meras palabras y nombres que proveen argumentos para la discusión a los teólogos pendencieros. Estas son realidades sobrias, sólidas, sustanciales. Vivir en la posesión real de estas cosas, en un mundo lleno de enfermedad y muerte, es el primer deber que yo quisiera grabar en sus almas.

(b) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de vivir habitualmente listos para soportarla pacientemente. Sin duda la enfermedad es una prueba para la carne y la sangre. Sentir nuestros nervios trastornados y nuestra fuerza natural abatida, tener la obligación de estar sentados quietos y estar separados de todas nuestras actividades usuales, ver nuestros planes desbaratados y nuestros propósitos frustrados, soportar largas horas y días y noches de debilidad y dolor; todo esto es una severa presión sobre la pobre naturaleza humana pecadora. ¡No debería sorprendernos si la impaciencia y la irritabilidad nos llegan por medio de la enfermedad! Ciertamente en un mundo moribundo como éste, deberíamos estudiar la paciencia.

¿Cómo aprenderemos a soportar con paciencia la enfermedad, cuando llegue nuestro turno? Debemos acumular abundante gracia cuando gozamos de salud. Debemos buscar la influencia santificante del Espíritu Santo sobre nuestros temples y disposiciones ingobernables. Debemos entregarnos en verdad a nuestras oraciones, y pedir con regularidad fortaleza para aceptar la voluntad de Dios y hacerla. Debemos recibir esa fortaleza cuando la pedimos: "Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré."

Yo no creo que sea innecesario que nos quedemos en este punto. Yo creo que las gracias pasivas del cristianismo reciben menos atención de lo que merecen. Mansedumbre, benignidad, paciencia, fe, todas son mencionadas en la Palabra de Dios como frutos del Espíritu. Son gracias pasivas que dan especialmente gloria a Dios. Hacen pensar a menudo a los hombres que desprecian el lado activo del carácter cristiano. Estas gracias no brillan nunca con tanto brillo como lo hacen en la habitación de un enfermo. Permiten a muchos enfermos predicar un sermón silente que quienes lo rodean nunca olvidan. ¿Quisieras adornar la doctrina que profesas? ¿Quisieras que tu cristianismo fuera hermoso a los ojos de otros? Entonces toma la sugerencia que te doy hoy. Acumula mucha paciencia para el tiempo de la enfermedad. Entonces, aunque tu enfermedad no sea mortal, será para "la gloria de Dios." (Juan 11: 4.)

(c) Otro deber supremo que la preponderancia de la enfermedad conlleva para ustedes, es el de la disponibilidad habitual para compartir el sentimiento y ayudar a sus compañeros. La enfermedad no está nunca muy lejos de nosotros. Son pocas las familias que no tienen algún pariente enfermo. Pero donde haya enfermedad, hay un llamado al deber. Una pequeña ayuda oportuna en algunos casos, una amable visita en otros, una pregunta amigable, una simple expresión de simpatía, pueden hacer mucho bien. Estos son los tipos de cosas que suavizan las asperezas, y unen a los hombres, y promueven sentimientos buenos. Estas son formas mediante las cuales puedes al fin conducir a los hombres a Cristo y salvar sus almas. Estas son buenas obras para las cuales cada cristiano que profesa debe estar preparado. En un mundo lleno de enfermedad y dolencias debemos "sobrellevar los unos las cargas de los otros," y "ser benignos unos con otros." (Gálatas 6: 2; Efesios 4: 32.)

Estas cosas, me atrevo a decir, pueden parecer cosas sin importancia para algunos. ¡Deben estar haciendo algo importante, y grandioso y sorprendente y heroico! Permítanme decir que la atención consciente a estos pequeños actos de amabilidad fraternal es una de las evidencias más claras de tener "la mente de Cristo." Son actos en los que nuestro Bendito Señor mismo fue abundante. Él siempre "anduvo haciendo bienes" a los enfermos y oprimidos. (Hechos 10: 38.) Son actos a los que Él asigna gran importancia en ese muy solemne pasaje de la Escritura, la descripción del juicio final. Él dice allí: "estuve enfermo, y me visitasteis." (Mateo 25: 36).

¿Tienes algún deseo de demostrar la realidad de tu caridad: esa gracia bendita de la que tanto se habla, pero que muy pocos practican? Si lo tienes, ten cuidado del egoísmo insensible y del descuido de tus hermanos enfermos. Búscalos. Ayúdalos si necesitan apoyo. Muéstrales simpatía. Trata de aligerar sus cargas. Sobre todo, esfuérzate por hacer bien a sus almas. Te hará bien aunque no les haga bien a ellos. Prevendrá tu corazón de la murmuración. Puede ser una bendición para tu propia alma. Yo creo con firmeza que Dios nos está probando y examinando por medio de cada caso de enfermedad a nuestro alcance. Al permitir el sufrimiento, Él comprueba si los cristianos tienen algún sentimiento. Tengan cuidado, no sea que al ser pesados en la balanza, sean hallados faltos. Si ustedes pueden vivir en un mundo enfermo y moribundo sin sentir nada por otros, tienen mucho que aprender todavía.

Dejo esta sección de mi tema aquí. Yo entrego los puntos que he mencionado como sugerencias, y ruego a Dios que puedan obrar en muchas mentes. Repito, esa preparación habitual para encontrarse con Dios, preparación habitual para sufrir pacientemente y esa disposición habitual para simpatizar de todo corazón, son claros deberes que la enfermedad impone en todos. Hay deberes al alcance de cada persona. Al mencionarlos, no pido nada extravagante o irrazonable. No le pido a nadie que se retire a un monasterio o que ignore los deberes de su posición. Sólo quiero que los hombres se den cuenta que viven en un mundo enfermo y moribundo, y que vivan de acuerdo a eso. Y digo sin temor que el hombre que vive la vida de fe y santidad y paciencia y amor, no solamente es el más verdadero cristiano, sino el hombre más sabio y razonable.

Y ahora concluyo con cuatro palabras de aplicación práctica. Quiero que el tema de este librito tenga algún uso espiritual. El deseo de mi corazón y mi oración a Dios al escribirlo, es hacer bien a las almas.

(1) En primer lugar, hago una pregunta, a la cual, como embajador de Dios, les pido su seria atención. Es una pregunta que surge naturalmente del tema sobre el cual he estado escribiendo. Es una pregunta que concierne a todos, de cada rango, y clase, y condición. Yo les pregunto, ¿qué harán cuando estén enfermos?

Llegará el tiempo cuando ustedes, lo mismo que otros, deban descender al oscuro valle de sombra de muerte. Llegará la hora cuando ustedes, lo mismo que los que los antecedieron, deban enfermarse y morir. Puede ser que ese momento esté cerca o lejos. Sólo Dios lo sabe. Pero cuando sea el momento, yo pregunto de nuevo, ¿qué van a hacer ustedes? ¿Adónde buscarán consuelo? ¿Sobre qué pretenden ustedes que descanse su alma? ¿Sobre qué pretenden construir su esperanza? ¿Dónde encontrarán su consuelo?

Yo les suplico que no hagan a un lado estas preguntas. Permítanles que obren en su conciencia, y no descansen hasta que puedan darles una respuesta satisfactoria. No jueguen con ese precioso don, un alma inmortal. No difieran la consideración del asunto para un momento más conveniente. No den por sentado un arrepentimiento en su lecho de muerte. El asunto más grandioso no debe ser pospuesto hasta el final. Un ladrón moribundo fue salvado para que los hombres no puedan desesperar, pero solamente uno para que los demás no presuman de ello. Repito la pregunta. Estoy seguro que merece una respuesta. "¿Qué harás cuando estés enfermo?"

Si ustedes fueran a vivir por siempre en este mundo no les hablaría como lo hago. Pero eso no puede ser. No hay forma de escapar de la suerte común de toda la humanidad. Nadie puede morir en nuestro lugar. El día vendrá cuando debamos ir a nuestro hogar permanente. Yo quiero que ustedes estén preparados para ese día. El cuerpo que ahora es el centro de su atención, (el cuerpo que ahora visten, y alimentan, y calientan con tanto cuidado), ese cuerpo debe regresar nuevamente al polvo. ¡Oh, piensen cuán terrible cosa sería al final haber provisto para todo, excepto para la única cosa necesaria: haber provisto para el cuerpo, pero haber descuidado el alma; morir, de hecho, y no poder dar una señal de ser salvo! Una vez más presento mi pregunta a tu conciencia: "¿Qué harás cuando estés enfermo?"

(2) En siguiente lugar, ofrezco un consejo a todos aquellos que sientan que lo necesitan y quieran recibirlo, a todos aquellos que todavía no estén preparados para su encuentro con Dios. Ese consejo es breve y simple. Conoce al Señor Jesucristo sin demora. Arrepiéntete, conviértete, vuela a Cristo, y sé salvo.

O posees un alma o no la posees. Ciertamente nunca negarás que la tienes. Entonces, si tienes un alma, busca la salvación de esa alma. De todos los riesgos del mundo, no hay otro más terrible que el del hombre que vive sin estar preparado para su encuentro con Dios, y sin embargo, pospone el arrepentimiento. O tienes pecados o no los tienes. Si los tienes, y ¿quién se atreverá a negarlo?, apártate de esos pecados, termina con tus transgresiones y vuélvete de ellos sin demora. O necesitas un Salvador o no lo necesitas. Si lo necesitas, huye a tu único Salvador hoy mismo, y clámale con fuerza para que salve tu alma. Pídele a Cristo de inmediato. Búscalo mediante la fe. Entrega tu alma para que Él la guarde. Clama poderosamente implorando perdón y paz con Dios. Pídele que derrame el Espíritu Santo sobre ti, y que te haga un cristiano completo. Él te oirá. No importa lo que hayas sido, Él no rechazará tu oración. Él ha dicho: "Al que a mí viene, no le echo fuera." (Juan 6: 37)

Cuídense de un cristianismo vago e indefinido. No se contenten con una esperanza general de que todo está bien porque ustedes pertenecen a la iglesia y que todo estará bien al fin porque Dios es misericordioso. No descansen sin una unión personal con el propio Cristo; no descansen hasta que tengan el testimonio del Espíritu en su corazón, de que han sido lavados, y santificados, y justificados, y que son uno con Cristo, y que Cristo está en ustedes. No descansen hasta que puedan decir con el apóstol: "Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día."

La religión vaga e indefinida e indistinta puede funcionar muy bien en tiempos en los que se goza de salud. Pero no funcionará en el día de la enfermedad. Una membresía de iglesia meramente formal, y superficial, puede llevar al hombre a través del sol brillante de la juventud y de la prosperidad. Pero dejará de funcionar enteramente cuando la muerte esté a la vista. Nada servirá entonces excepto una unión real de corazón con Cristo. Cristo intercediendo por nosotros a la diestra del Padre; Cristo conocido y creído como nuestro Sacerdote, nuestro Médico, nuestro Amigo; Cristo únicamente puede quitarle a la muerte su aguijón y capacitarnos para enfrentar la enfermedad sin ningún temor. Únicamente Él puede liberar a quienes por medio del temor están en servidumbre. Yo les digo a todos aquellos que necesitan un consejo: Conoce a Cristo. Si quieres tener alguna vez esperanza y consuelo en el lecho de enfermo, conoce a Cristo. Busca a Cristo. Pídele a Cristo.

Llévale cada preocupación y cada problema cuando lo hayas conocido. Él te guardará y te conducirá a través de todo ello. Derrama tu corazón ante Él, cuando tu conciencia esté cargada. Él es tu verdadero Confesor. Únicamente Él puede absolverte y quitar tus cargas. Vuélvete primero a Él en el día de la enfermedad, como Marta y María. Permanece mirándolo a Él hasta el último aliento de tu vida. Vale la pena conocer a Cristo. Entre más lo conozcas lo amarás más. Entonces conoce a Jesucristo.

(3) En tercer lugar, yo exhorto a todos los verdaderos cristianos para que recuerden cuánto pueden glorificar a Dios en tiempos de enfermedad, y quedarse quietos en la mano de Dios cuando están enfermos.

Siento que es muy importante tocar este punto. Sé cuán presto a desmayar es el corazón de un creyente, y cuán ocupado está Satanás sugiriendo dudas y cuestionamientos, cuando el cuerpo de un cristiano está débil. Yo he visto algo de la depresión y de la melancolía que a veces vienen sobre los hijos de Dios cuando son súbitamente puestos fuera de combate por la enfermedad, y obligados a estarse quietos. He observado cuán inclinadas son algunas buenas personas a atormentarse con pensamientos mórbidos en tales situaciones, y a decir en sus corazones: "Dios me ha abandonado: yo he sido echado fuera de Su vista."

Yo les suplico de todo corazón a todos los creyentes enfermos que recuerden que pueden honrar a Dios tanto por el sufrimiento paciente como por su trabajo activo. A veces manifiesta mayor gracia quedarse quietos que ir de arriba abajo, y hacer grandes hazañas. Yo les suplico que recuerden que Cristo se preocupa por ellos lo mismo cuando están enfermos como lo hace cuando están bien, y que el propio castigo que sienten tan agudamente es enviado en amor, y no en ira. Sobre todo, les suplico que recuerden la simpatía de Jesús por todos Sus miembros débiles. Ellos son siempre cuidados con mucha ternura por Él, pero nunca como cuando se encuentran en su tiempo de necesidad. Cristo ha tenido gran experiencia en la enfermedad. Él conoce el corazón de un hombre enfermo. Él acostumbraba ver "toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" cuando estaba en la tierra. Él sintió algo especial por los enfermos en los días de Su encarnación. Él siente todavía especialmente por ellos. El sufrimiento y la enfermedad, pienso a menudo, hacen a los creyentes más semejantes a su Señor en experiencia, que la salud. "Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores." (Isaías 53: 4; Mateo 8: 17). El Señor Jesús fue un "varón de dolores, experimentado en quebranto." Nadie tiene tal oportunidad de aprender de la mente de un Salvador sufriente como los discípulos que sufren.

(4) Concluyo con una palabra de exhortación para todos los creyentes, que pido a Dios de todo corazón se grabe en sus almas. Los exhorto a mantener un hábito de cercana comunión con Cristo, y nunca tengan miedo de "ir demasiado lejos" en su religión. Recuerden esto, si desean tener "gran paz" en sus tiempos de enfermedad.

Observo y lo lamento, una tendencia en algunos sectores, de rebajar el estándar de cristianismo práctico, y de denunciar los que son llamados "puntos de vista extremos" acerca del caminar diario de un cristiano en la vida. Inclusive la gente religiosa mira algunas veces con frialdad a quienes se apartan de la sociedad mundana, y los censuran como "exclusivos, de mente estrecha, no liberales, poco caritativos, de espíritu amargado," y demás cosas similares. Yo advierto a cada creyente en Cristo que tenga cuidado de no dejarse influenciar por tales censuras. Le suplico, si necesita luz en el valle de muerte, que "se guarde sin mancha del mundo," que "decida ir en pos del Señor," y que camine muy cerca de Dios. (Santiago 1: 27; Números 14: 24).

Yo creo que la falta de "integridad" acerca del cristianismo de muchas personas es un secreto de su poco contentamiento, tanto en salud como en enfermedad. Yo creo que la religión del tipo "mitad y mitad," y "buenas relaciones con todo el mundo," que satisface a muchos en el día presente, es ofensiva a Dios y siembra espinos en las almohadas de los moribundos, que cientos no descubren hasta que es demasiado tarde. Yo creo que la debilidad y languidez de una religión así, nunca es tan visible como en un lecho de enfermo.

Si tú y yo necesitamos un "fuerte consuelo" en nuestro tiempo de necesidad, no debemos contentarnos con una unión desnuda con Cristo. Debemos buscar algo de la comunión con Él que sea experimental, de corazón. Nunca, nunca debemos olvidar, que "unión" es una cosa, y "comunión" es otra. Miles, me temo, que saben lo que es la "unión" con Cristo, desconocen totalmente lo que es la "comunión."

Puede llegar el día cuando después de una larga lucha con la enfermedad, sintamos que la medicina no puede hacer nada más, que no queda nada sino morir. Los amigos estarán alrededor, incapaces de ayudarnos. El oído, la vista, inclusive el poder de orar, fallarán con rapidez. El mundo y sus sombras estarán derritiéndose bajo nuestros pies. La eternidad, con sus realidades, se elevará muy alta ante nuestras mentes. ¿Qué será lo que nos apoyará en esa hora de prueba? ¿Qué nos permitirá sentir, "no temeré mal alguno"? (Salmo 23: 4). Nada, nada puede hacerlo, sino la cercana comunión con Cristo. Cristo habitando en nuestros corazones por fe, Cristo poniendo Su diestra bajo nuestras cabezas, el sentimiento de que Cristo está sentado junto a nosotros, Cristo únicamente puede darnos la completa victoria en la última lucha.

Aferrémonos fuertemente a Cristo, amémosle de todo corazón, vivamos más enteramente para Él, copiémosle con mayor exactitud, confesémosle con denuedo, sigámosle más plenamente. Una religión como esta siempre traerá su propia recompensa. Los hermanos débiles la considerarán extremosa. Pero será muy útil. En la enfermedad nos traerá paz. En el mundo venidero nos dará una corona de gloria que no perderá su brillo.

El tiempo es corto. La moda de este mundo pasa y se disipa. Unas cuantas enfermedades más y todo habrá acabado. Unos cuantos funerales más y tendrá lugar nuestro propio funeral. Unas cuantas tormentas más, unas sacudidas más, y estaremos en puerto seguro. Viajamos a un mundo donde no hay más enfermedad, donde la separación, el dolor, el llanto, y el luto habrán desaparecido para siempre. El cielo se está llenando más cada año, y la tierra se está vaciando. Los amigos que nos han antecedido son cada vez más numerosos que los amigos que quedan atrás. "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará." (Hebreos 10: 37). En Su presencia habrá plenitud de gozo. Cristo enjugará toda lágrima de los ojos de Su pueblo. El último enemigo que será destruido es la muerte. Pero será destruido. La muerte misma un día morirá. (Apocalipsis 20: 14).

Mientras tanto vivamos la vida de fe en el Hijo de Dios. Apoyemos todo nuestro peso en Cristo, y regocijémonos con el pensamiento que Él vive para siempre.

¡Sí: bendito sea Dios! Cristo vive, aunque nosotros muramos. Cristo vive, aunque amigos y familiares sean llevados a la tumba. El que abolió la muerte, vive, y trajo vida e inmortalidad a la luz por el Evangelio. Vive el que dijo: "Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol." (Oseas 13: 14). Vive el que cambiará un día nuestro vil cuerpo, y lo hará semejante a Su cuerpo glorioso. En enfermedad y en salud, en vida y en muerte, apoyémonos confiadamente en Él. Ciertamente debemos repetir cada día con alguien de antaño, "¡Bendito sea Dios por Jesucristo!"

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